miércoles, 17 de diciembre de 2014

PALABRAS DE EDUARDO GONZÁLES VIAÑA EN LA PRESENTACIÓN DE “GORDAS AL AMANECER”


Eduardo Gonzáles Viaña en su alocución sobre el libro.


Cuando he leído el libro “Gordas al amanecer” y pensado en Dante Castro, se me ha presentado un problema de identidad: dónde está Dante, dónde está el narrador y dónde el personaje. Me ha ocurrido un problema de esa naturaleza. Yo publiqué hace algún tiempo una novela “Don Tuno, el señor de los cuerpos astrales”; este libro es sobre un chamán del norte del Perú; a partir de ese momento mucha gente cree que yo también soy chamán. Y en este libro, entre el autor y el personaje del libro, el personaje principal –qué casualidad- es un escritor peruano, autor de relatos y novelas, trabaja como maestro, acude a encuentros nacionales e internacionales, está casado, lleva una barba que antes era roja, usa gorra, tiene ideas y perseverante militancia de izquierda, le gustan las rubias, las negras, las pelirrojas, las gorditas y también las flaquitas, sean del signo de Tauro, de Aries, Escorpión o Géminis. Para quienes conocemos a este personaje, se parece un poquito al autor. Varias veces sucede que el autor se mete dentro del personaje y nos preguntamos quién influye más: ¿el autor o el personaje?  Éste es el caso de los cuentos de Dante Castro.


Veamos, por ejemplo, Chocolate Espeso: el narrador, un escritor peruano que suele ir a congresos, no es Dante, usa gorra y tiene barba colorada y sin embargo por ejercicio lúdico está escrito en segunda persona para que se convierta en narrador participante. Sin embargo, hay un cambio de narrador y aparece una voz de una mujer: "pocos saben que estoy muerta"; la acción continúa y cede el micrófono al narrador. Dante está jugando con la técnica de la 2da persona, que vuelve a ser una mujer al final de la historia y como ya está muerta, dice: “usted es el asesino y nadie le va a creer lo que usted cuente”. Nadie te va a creer poeta.

Veamos la velocidad de la acción en Amor Filial, me fascina la velocidad de su prosa y sus admirables milagros verbales puestos de manifiesto en felices y sorprendentes concurrencias de palabras en que adjetivos y adverbios, por ejemplo, como un acto de magia cambiando la temática previsible iluminan un nuevo y original sentido. Pero no es todo, a ello debo añadir una virtud que escapa a nuestra narrativa actual: su capacidad inmensa de comunicar estados anímicos secretos y de mezclarlos con acciones violentas que trascienden el tiempo. No hay extravíos verbales en la prosa de Dante Castro, no hay descripciones ociosas. Usted lee y sabe dónde está o recrea el escenario y se encuentra en algún sitio. Ni siquiera usa el pluscuamperfecto para narrar acciones que habían ocurrido antes de la acción anterior, prefiere usar los verbos en pretérito que conducen directamente a la acción  ya ocurrida y la acción siguiente es inmediata, inesperada, brutal, aunque preparada por el ambiente creado y mantenido en todo el tiempo anterior. Pienso en  Edgard Allan Poe, Horacio Quiroga y otros notables cuentistas.


Veamos en el primero de los cuentos, la pareja de esposos está cansada por la permanencia en la casa de la madre de él, una anciana con alzheimer,  que hace escándalos, tira a la calle las joyas y otras pertenencias de la familia y proclama a gritos que esta pareja la tortura y no la alimenta, esta historia la va contando un narrador que nos quiere hacer creer que nosotros formamos parte de esa pareja y entonces en un momento determinado, pero nosotros no sabemos qué hacer con nuestra suegra, con mi madre, tiene alzheimer y punto, sin embargo fíjense en el párrafo final:


“Cuando la señora estuvo dentro del nicho, ambos se apresuraron y colaboraron entre sí, afanosos como dos peones que querían terminar la construcción antes de tiempo. Y la pared fue creciendo verticalmente ante la mirada confusa de la anciana quien trataba de decir algo que no conseguía pronunciar. El último ladrillo ocultó para siempre sus ojos estragados por el espanto”. Este cuento se llama, por si acaso, Amor filial.


Quiero notar otra cosa: el genocidio étnico. Otra vez en segunda persona, en “Juana la del camino” el narrador le cuenta al personaje lo que está haciendo y lo que va a hacer; y el personaje se identifica con el lector de manera que todos somos personajes de un escritor que nos está mirando y adivinando nuestras próximas acciones de esta noche. No piensen demasiado, mejor compren el libro. La acción ocurre en uno de los poblados de la selva. Ya Dante: autor, narrador, personaje, no sé cómo llamarle, o más bien “usted”, va en busca de un líder asháninka acompañado de un amigo llamado Calixto. Ambos están cumpliendo un encargo político, un encargo de un diputado. Mientras Calixto avanza para cumplir el encargo, “usted” se desvía del camino para yacer al lado de una mujer maravillosa, quien por razones inexplicables vive junto a la carretera. A Calixto el ejército lo va a capturar y “usted” se salva: "Y si no fuese por Juana y sus tentaciones, tu nombre engrosaría la lista de miles de desaparecidos, mar de sangre del cual Calixto es una sola gota memorable".


Dante Castro es un escritor que no puede ignorar lo que está ocurriendo en su país, lo que ha venido ocurriendo desde hace décadas, una suerte de etnocidio, una guerra étnica en realidad y en tiempos que el principal terrorista –Fujimori- está a punto de salir de una cárcel muy cómoda; a pesar de eso el etnocidio continúa, y va a continuar si no nos oponemos a la ley 30151 que permite a un policía o militar matar impunemente. Como en la mayoría de los cuentos, el narrador y el escritor se parecen, son el mismo y todo el tiempo es un narrador que se confunde con su personaje y al final de todo, cuando usted lea el libro, se va a confundir también con usted que es el lector. Muchas gracias.

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